Desde el primer kilómetro, el madrileño demostró su capacidad para mantenerse firme frente a adversarios como Nasser Al Attiyah, quien venía con fuerza desde atrás. Pero el destino tenía otros planes. En el kilómetro 327, una duna cortada provocó un vuelco que dejó el Raptor boca abajo, complicando enormemente el resto de la etapa y las opciones de Sainz en el Dakar. Este incidente no solo representó un revés mecánico sino también un desafío logístico para continuar la carrera.
Después del impacto, Ford temía lo peor. Sin embargo, con la ayuda invaluable de Mitch Guthrie, Sainz pudo reanudar la marcha. Aunque los daños en el vehículo parecían más cosméticos que estructurales, estos generaron problemas adicionales durante el recorrido. El equipo tuvo que detenerse siete veces debido a complicaciones derivadas del accidente. La visibilidad se redujo drásticamente con el cristal delantero destrozado, lo que llevó a errores de navegación y un pinchazo.
Luke Cruz, copiloto de Sainz, no solo tuvo que navegar, sino también lidiar con situaciones imprevistas. Tras el impacto, la puerta del copiloto no se ajustaba correctamente, forzándolo a sostenerla hasta llegar al campamento E. Además, el coche comenzó a calentarse debido a un agujero en el techo. Estos contratiempos hicieron que el día fuera de mal en peor, pero ambos miembros del equipo mostraron una increíble resiliencia. Pese a las dificultades, continuaron adelante, enfocándose en cada kilómetro restante.
Este episodio demuestra la fortaleza y el espíritu de lucha que caracterizan al equipo liderado por Sainz. A pesar de los desafíos, mantuvieron la determinación y la concentración necesarias para seguir compitiendo. Cada parada obligatoria, cada error de navegación, y cada pinchazo fueron superados con valentía. La experiencia en el Dakar es un testimonio de la capacidad de adaptación y resistencia de los competidores, quienes enfrentan condiciones extremas con un temple de acero.